En la entrada anterior se discutía sobre la forma en la que se puede construir una cocina nacional y sobre el discurso construido desde el Estado mexicano. Continuando con esa idea hay que preguntarse cómo pudo ser que los intelectuales de la época pensaban alrededor de su comida y de su chocolate.
Por ejemplo, personajes
de la talla de Guillermo Prieto escribieron relatos que describen a la
perfección cómo las distintas escalas sociales se dividían a partir de lo que
comían. Los gobernantes y criollos tenían acceso a carnes, frutas y chocolates (pensemos en ese estatus que el chocolate reflejaba), y de hecho se consideraba las seis de la tarde como la hora del chocolate; la
clase media tenía platillos elaborados como albóndigas o pipianes, pero no preparaciones sofisticadas;
los de abajo se conformaban con tortillas, chiles y pambazos. Estas
distinciones entre los alimentos y las clases sociales nos dicen que la élite
de nuestro país comenzaba a ignorar el origen prehispánico del chocolate por el hecho de que desprestigiaban la imagen de lo indígena. Seguían consumiendo los productos del cacao, pero no desde una tradición que les perteneciera.
Afortunadamente
la tradición mexicana no desapareció. La ciudad de México estaba llena de
chocolaterías y cafés en los que cualquier persona podía disfrutar de una taza
de su chocolate preferido. Es verdad que en esos expendios era donde se
distribuía el cacao de Guayaquil (gracias a las publicaciones anteriores, ya conocemos las consecuencias de éste grano), pero era eso lo que hacía que el chocolate
fuera accesible a todos los bolsillos. A los mexicanos no les importaba
arriesgar su salud con un grano de mala calidad y adulterado, lo que querían
era mantener vivo el recuerdo de un sabor que siempre les perteneció, y en el
que encontraban un valor.
¿Cuánto VALOR puede haber dentro de una taza o de una pieza de chocolate...? Dejaremos esto para después.